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viernes, 4 de julio de 2025

Ilusiones de verano

 




 Trs varios meses, mi soñador humano sigue en su cruzada lúdica, dispuesto a que informáticos de diversos países, testeadores yanquis de juegos, algún que otro español infiltrado y artistas digitales perezosos, se coordinen de alguna manera para acabar un juego estratégico sobre la Guerra Civil de aquí.

Todo esto mientras intenta acabar una novela, a la que a veces se acerca sin recordar por donde la había dejado. Es estupendo.

Pero no le voy a quitar su ilusión estival, porque me encanta la gente que piensa que el mundo es un desafío maravilloso en el que se cumplirán sus sueños más tarde o más tempano. Luego se estampan contra la realidad, que es lo más sincero que existe, suspiran resignados y, finalmente, adoptan un gato. A veces un perro, pero esos son unos enfermos. 

 Aunque hay incurables que siguen pensando que el mundo está ahí, a la espera de cumplir sus deseos, lo que pasa es que la gente no comprende su genialidad. Estos humanos son un peligro. Suelen degenar en profetas o, peor todavía, en políticos comprometidos con sus ideales, casi siempre totalitarios, pero que suenan bien si los adornas con discursos dramáticos. Porque los humanos valoran más la tragedia que la comedia. Los griegos ya lo sabían y no paraban de escribirlas. 

 Ya veré en qué acaba esta historia, mientras me desentiendo, me estiro al sol y disfruto del verano. 

jueves, 24 de enero de 2013

Viendo llover



 El invierno pega fuerte en las ventanas de mi amo. No puedo más que alegrarme de ser un gato doméstico, subido a la estufa de gas, frente a la ventana con vistas privilegiadas del frío exterior. Me siento un dios contemplando las desgracias de los mortales. Normalmente ya me siento más bastante divino y adorado, pero en días como hoy, tan lluviosos, disfruto de la omnipotencia.
Y esto me lleva a pensar sobre la eternidad, pero para un animal como yo, que no pasará seguramente de los 15 años, le queda un poco grande el concepto de lo eterno. Así que me pongo a pensar sobre lo que Platón llamó la imperfección de la eternidad: el tiempo.
 Para algunos, guiados por la filosofía, el tiempo es la sucesión correlativa de pasado, presente y futuro, lo que es más una descripción de diccionario que una explicación. Para otros, más prácticos, el tiempo es lo que marcan los relojes y no hay que darle más vueltas o te vuelves un pedante insoportable; pero para los más inteligentes, o sea, para los gatos como yo, el tiempo es eso que te queda cuando tiras el reloj y dejas de hacerle caso.
Luego están los inclasificables como el tipo que se pavonea de ser mi amo, para quien el tiempo es una cuestión de si llueve o no y si hay que coger el paraguas. Ay, a veces, envidio su sencillez vital, es tan poética...
 Por cierto, mi amo se encuentra más animado, porque pronto publicará con sus amistades friquis un nuevo número de la revista esa, Stilus, dedicada a los tipos que se ponían faldas. Ya les informaré del magno evento.
 Por lo demás, sigue con su interminable novela, cada vez más enrevesada, con guardia civiles galácticos y personajes de utopías planetarias. Me da un poco de miedo tanto experimento.
Ahora mismo está metido en ella. Teclea que teclea con cara de vidente mareado. Yo lo miro desde mi atalaya estufera, como un dios desde las alturas, pero más calentito.
Es grande ser un felino y saber el secreto de la vida.

martes, 14 de agosto de 2012

Agosto de galletas metálicas



 Sigue el tiempo "estival" en mi territorio. El día soleado se acompaña de varios nubosos o, directamente, mojados de lluvia perezosa. Pero al menos la temperatura es buena y, al ser gato doméstico, solo me mojo cuando salgo a la terraza a cotillear el vecindario.
Mi amo descansa de sus problemas odontológicos y sigue escribiendo en Tabula biografías de gente perdida en la historia que no importa a nadie. Esta vez le ha tocado a un tirano griego. Si es que la idea de tiranía tira mucho, sobre todo a humanos dominados como mi amo, que padecen las de sus teóricas mascotas.
 También ha estado mirando las Olímpiadas de Londres, ya saben, esa lucha por coleccionar tres modelos de galletas de metal (la de huevo vale más) que enfrenta a los humanos cada cuatro años en deportes extraños que nunca nadie ve, excepto en esos días, pero que producen frustración a raudales si, por ejemplo, a una mujer vestida de lentejuelas psicodélicas se le cae una pelotita  en un baile rarísimo o a un fornido varón se le atraganta el agua de una piscina que pretende cruzar como un poseso epiléptico. 
 Cosas de humanos que nunca entenderé, ni pretendo hacerlo, para no perder mi preciado tiempo gatuno. Ser felino te pone por encima de estas mediocridades absurdas de primates, producto de claros fallos en el proceso evolutivo.Si al menos el premio fuese una caja de suculentos atunes... pero es que dar galletas de metal, qué cutre surrealismo.
 Yo aproveché los días de las galletas de metal para navegar un poco en la red, donde me encontré un blog muy interesante, "El rincón de Koriander", que acaba de ponerse en marcha, para informar y comentar sobre la fantasía y la ciencia ficción. Géneros que me apasionan y que en los últimos meses han sufrido muchas defunciones de webs. Espero que tenga futuro y alegre el triste páramo en que nos hemos asentado.
Vaya, está saliendo el sol entre la invasión de nubes plomizas.  Es un milagro y bendición de los cielos en este verano de pega. Así que aprovecho para irme a la terraza y chupar el solete que pueda. 
 Siento dejarles, pero mi egoísmo felino debe ser satisfecho.
Hasta otra.
 

miércoles, 27 de junio de 2012

Calorcillo terracero





Llega el verano, momento que disfruto de largas siestas en la terraza de la cocina, sin la necesidad de arrimarme a mí amo para conseguir calor. Bueno, él piensa que lo hago por mimo. No lo desengañemos.
  Hay que aprovechar el calorcete diurno, porque no dura mucho por donde vivo. Así que me estiro, bostezo mostrando mis colmillos y alargo mis patas como zancos ganchudos, mientras encojo mis dedos de satisfacción por los rayos de sol que bañan mi cuidado pelaje. En ese momento, soy el señor de la selva, el rey de los gatos, el emperador de los felinos... hasta que me devuelven a la realidad los gemidos de mi amo, el pobre, que tiene una muela del juicio dando un paseo por el interior de su maxilar superior y por ahora no tiene ganas de asomar la cabeza. Es otra cosa mala de los humanos: no están acabados del todo. Su proceso evolutivo tiene fallos de diseño, con dientes que les asoman a lo bestia en plena madurez, como si fueran tiburones.
Una chapuza de la naturaleza, que no es una maestra aplicada como algunos piensan, sino más bien una caprichosa que no acaba de decidirse con cada cosa que hace y las va cambiando al tun tun, como quien baraja cartas mientras mira el telediario. Excepto los felinos. Con ellos se ha esmerado, alcanzando la perfección genética con los gatos. Especialmente conmigo.
Con semejante dolor intracraneal, como dice el muy exagerado de mi amo, no avanza mucho en su novela. Se atasca, divaga sobre los personajes, se queja como un cachorro y se distrae leyendo cualquier cosa que alivie su hipocondria. En su caso, eso no significa las obras de los clásicos, sino fricadas como esta: un tipo se construye un búnker antizombis. Pedazo de intelectual que es mi amo.
En fin, que prefiero el calorcillo del sol mientras dormito en la terraza y miro, de forma indiferente, el vuelo de suculentas pero lejanas palomas.